Dos corazones que han seguido la misma conduct

TEMPIER: COMO LA PRIMERA VEZ…,
VEN AL LADO DE EUGENIO

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Roberto Carrasco OMI

Esta Pascua tiene un tinte muy especial en mi vida oblata. Los oblatos que formamos la comunidad de Padres Estudiantes en Roma nos decidimos vivir juntos una experiencia nueva en nuestras vidas. Visitar Aix-en-Provenza en Francia. Esto significaba estar en la Casa Fundacional Oblata. El mismo lugar donde empezó la vida oblata, el carisma oblato, la vida comunitaria oblata como un don para la Iglesia.

IMG_3994En este contexto del Bicentenario de la Congregación de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada, el poder hacer un peregrinaje a este lugar santo, me ha permitido empezar a reflexionar más sobre los inicios de esta experiencia que empezaron juntos cinco jóvenes sacerdotes en una pequeña casa, fundando una nueva familia. Una nueva Sociedad que ha empezado a soñar con llevar la Palabra de Dios a los más pobres. Una familia religiosa que asume el valor de la caridad como eje fundamental de la vida común. Como escribía P. Tempier unos meses atrás: “la caridad es el perno sobre la cual rota toda nuestra existencia”.

Realmente estar en estas pequeñas habitaciones donde, para los oblatos, todo empezó era como experimentar esta mística que permanece y se siente en las paredes de este lugar. En mi mente daban muchas vueltas dos preguntas claves: ¿Cómo lo hicieron, si eran muy jóvenes los sacerdotes que empezaron toda esta locura de dejarlo todo y vivir juntos? Y la otra pregunta se la quería hacer – con un cierto atrevimiento – en plena tumba donde reposa a nuestro Fundador: ¿Y qué hace en Paris tu gran amigo Henri Tempier, no debería estar junto a ti?

 Son muchos los escritos que hablan de San Eugenio de Mazenod. Sus cartas e incluso los contenidos de sus escritos espirituales son muy profundos. Cuando leo sus cartas, sobre todo aquellas dirigidas a su “muy querido amigo y buen hermano” Henri Tempier, comienzo a reflexionar cuanto bien ha significado para la vida de este santo, la vida de otro santo. Me atrevo a afirmar esto porque pienso que solamente dos hombres: uno apasionado por la misión y el otro apasionado por la vida comunitaria ha podido juntos unir estas pasiones para dirigirlas a Cristo en la búsqueda de la perfección consagrándose a Dios para el servicio de los pobres.

Para poder entender como el Espíritu había llenado de ardor, desde el primer momento, los corazones de San Eugenio de Mazenod y Henri Tempier, quiero empezar a releer los primeros escritos espirituales de San Eugenio de Mazenod. Era mayo de 1818, Eugenio sentía la necesidad de un retiro en medio de tantas y excesivas ocupaciones que tenía. En este tiempo este joven sacerdote tenía 36 años y su amigo tenía 30, osea eran completamente jóvenes cuando empezaron a vivir en medio de las responsabilidades la aventura de sacar adelante una Sociedad que nacía para evangelizar a los pobres. En este escrito se ve claramente cómo era el carácter fuerte que tenía Eugenio, y seguro me permite pensar este escrito, que el carácter de Tempier era perfecto sobre todo para saber cómo soportar este fuego que ardía en el corazón del Fundador. Un fuego que muchas veces quemaba y quien lo conocía bien tendría que saber cómo recoger este calor que es fuerte cada vez.

En este retiro de fines de abril e inicios de mayo de 1818 Eugenio escribía:

“Ya era tiempo de que pensara en librarme de este cúmulo innumerable de ocupaciones de todas clases que me abruman espiritual y corporalmente para venir al retiro a ocuparme seriamente del asunto de mi salvación repasando exactamente todas mis acciones para juzgarlas severamente […] La necesidad era urgente pues mi espíritu es tan limitado y mi corazón está tan vacío de Dios que los cuidados externos de mi ministerio, que me lanzan a una continua dependencia de los otros, me preocupan tanto que he llegado  al punto de no tener nada de aquel espíritu interior que antes constituía mi consuelo y mi dicha, aunque nunca lo he poseído más que imperfectamente a causa de mis infidelidades y de mi constante imperfección. Ya no actúo más que como una máquina en todo lo que me atañe personalmente. Parece que ya no soy capaz de pensar en cuanto tengo que ocuparme de mi mismo. Si es así ¿qué bien puedo hacer a los otros? De este modo se mezclan mis imperfecciones en mis relaciones habituales con el prójimo que tal vez me hacen perder todo el mérito de una vida que está del todo consagrada a su servicio […]

Hoy, con la ayuda de Dios, voy a trabajar con empeño en poner tal orden en mis acciones que cada cosa vuelva a ocupar su sitio a fin de que la caridad con el prójimo no me haga fallar a la que me debo a mí mismo, con mayor razón cuando el mejor medio para ser de veras útil al prójimo será sin duda trabajar mucho sobre mí mismo.

Mi estado me causa horror. Parece que no amo a Dios más que por capricho. Por lo demás, rezo mal, medito mal, me preparo mal para la misa, la digo mal y hago mal la acción de gracias; siento en todo una especie de repugnancia para recogerme por más que haya hecho la experiencia de que, tras haber superado esa primera dificultad, disfruto de la presencia de Dios. Todos estos desórdenes provienen, según pienso, de que estoy demasiado entregado a las obras exteriores y también de que no pongo bastante cuidado en hacerlas con gran pureza de corazón […]

Los asuntos y los estorbos, lejos de disminuir no han hecho más que aumentar desde entonces y, por no haber releído los buenos propósitos que la gracia me ha inspirado, no los he puesto en práctica. Por eso echo de menos en mí esa dulce seguridad que está bien expresada en aquellas reflexiones que he releído dos veces con verdadero placer.

El estado en que he caído es extraordinario y exige un remedio rápido. Es una apatía absoluta para todo lo que me concierne directamente; parece que cuando tengo que pasar del servicio al prójimo a la consideración de mí mismo, parece, digo, que ya no tengo fuerzas, que estoy completamente agotado, seco, incapaz hasta de pensar.

Me arrepiento de esta fatal disposición aun en este momento, nunca he sentido tantas dificultades ni se me ha hecho tan costoso recogerme, entrar en mí mismo, pensar en las verdades eternas, etc. […] Por eso es preciso regular de modo definitivo, firme y eficaz las acciones principales de las que nunca más debo dispensarme bajo ningún pretexto”.

Realmente, este pequeño ejemplo me motiva a reflexionar mucho sobre la vida de un sacerdote. Una vida que necesita de la comunidad, del hermano, del compañero para que sea llevadera. Realmente es una locura seguir al Señor Jesús cuando el corazón está lleno de tantas cosas que se enfrentan entre sí. Solo una vida profunda, una vida convencida de la misericordia de Dios es capaz de reconocer la necesidad de hacer un alto y de reflexionar, meditar y poner en orden las cosas.

La Sociedad que había nacido necesitaba de hombres coraje, de hombres simples o de simplemente hombres que ardan en deseos de perfección. Ambos habían empezado juntos un programa de vida. El maestro espiritual y el discípulo compartían el mismo espíritu: el amor a Dios, el bien de la Iglesia y la necesidad de instruir a la gente y de conducirla a la conversión, así como la importancia de tener sacerdotes santos. Por un lado, un Eugenio que ardía como una llama de fuego, y por el otro, un paciente Henri que empezó a aprender a “soportar” los fuertes movimientos que porta el Espíritu en el corazón de quien desea que ese fuego nunca se extinga, sino más bien siga ardiendo.

Por esto quiero detenerme aquí, porque así como he aprendido a conocer a San Eugenio de Mazenod quiero aprender y profundizar más la vida de “Nuestro Segundo Padre” en la congregación. Es lo justo. Es lo mínimo que puedo empezar a reflexionar, porque así como la vida de Eugenio apasiona cuando se piensa en la misión, la vida de Tempier apasiona cuando se piensa en la vida comunitaria oblata. Un oblato siempre necesita de otro oblato en la vida concreta de un consagrado, más aún en la misión.

Henri Tempier es un ejemplo y seguirá siendo un ejemplo para nosotros los oblatos. Supo de primera mano conocer de cerca al fundador, supo aguantarlo. Un carácter intenso no es fácil de sobrellevar en la vida comunitaria. Las afirmaciones fuertes de San Eugenio de Mazenod necesitaban un primer receptor que sepa muy bien que decir, que aconsejar, que palabras usar. Hoy se llama a todo esto: ser asertivo. Recuerdo cuando Eugenio le escribió a Tempier esa carta del 12 de agosto de 1817 que decía con voz fuerte: “Los sacerdotes viciosos o malos son la plaga de la Iglesia”, en alusión a la formación que necesitaban los primeros novicios de la congregación, que por cierto es una de tantas cartas que expresan muy bien ese corazón que caracterizaba a Eugenio.

Hoy es 09 de abril, y quiero recordar por medio de este escrito, a nuestro querido padre Henri de Paula Tempier, OMI. Un día como hoy murió el año 1870. Un profundo agradecimiento a Dios por el testimonio de este oblato. Como decía el P. José Fabre, OMI, en una Nota Necrológica hablando del P. Tempier. “Sólo Dios conoce lo que el P. Tempier ha realizado […] No cabía equívoco sobre la sinceridad y la pureza de sus intenciones. Inflexible en cuanto al deber, era siempre conciliador en cuanto a las circunstancias. Y cuando se veía obligado a actuar con rigor, se reconocía, por encima de su autoridad, la autoridad  de  la  conciencia  a la que obedecía … Nuestro Fundador  y  el  P. Tempier  han  seguido  la  misma conducta…, siempre el P. Tempier ha conservado la calma del hombre perfecto, la intrepidez de la conciencia cristiana y la abnegación heroica que el sacerdote según el corazón de Dios saca de las luces de la fe y de las inspiraciones de la piedad. No temió exponerse a las injusticias de la opinión ni desafiar las pasiones populares”.

Otro testimonio que podemos recordar está escrito en el año 1892 por el Obispo Payan d’ Augery, biógrafo de la fundadora de las religiosas Víctimas del Sagrado Corazón. Cuando escribía refiriéndose a él:

 “Pequeño de talla, mirada viva, palabra algo entrecortada, el P. Tempier unía a las virtudes del religioso… la experiencia y la  prudencia de un administrador consumado… Hombre prudente y verdaderamente sobrenatural, había conquistado una legítima influencia sobre el corazón y sobre el espíritu de su tan perfecto obispo; su temperamento más tranquilo mitigaba felizmente, si osamos decirlo, los arrebatos y los prontos de Mons. de Mazenod, en quien la santidad había dejado sobrevivir el carácter provenzal… Era sobre todo un hombre interior, y por ende más capacitado que muchos otros para comprender la belleza de la vida religiosa, suavizar sus pequeñas aristas para las mujeres, y por su conocimiento de personas y cosas, darles los consejos más prudentes. Muchas comunidades se sintieron felices de su dirección”.

En estos 200 años de la Congregación nos queda no solo agradecer a Dios por la vida de estos dos hombres que marcaron un estilo propio de vivir la comunidad, de ser misioneros, de trabajar juntos, de compartir y dar amor, sino también de retomar estos ejemplos que nos pueden ayudar a seguir creciendo, primero como personas, como oblatos en comunidad y en la misión. Que vivir en comunidad, siendo completamente diferentes, es una riqueza que matiza la vida religiosa.

CONGRESO INTERNACIONAL PARA FORMADORES DE LA VIDA CONSAGRADA

Rubino GiuseppeGiuseppe Rubino, OMI
Roma, Italia

En el contexto del Año de la Vida Consagrada, del 7 al 11 de abril de 2015 se celebró en Roma un Congreso internacional para formadores de la Vida Consagrada bajo el título: “Vivir en Cristo según la forma de vida del Evangelio; formados para la vida consagrada en el corazón de la Iglesia y del mundo”. Organizado por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de vida apostólica (CIVCSVA), ha sido el segundo encuentro internacional romano de 2015, tras otras muchas iniciativas recogidas en el programa que la CIVCSVA, respondiendo a las indicaciones y deseos expresados por el Papa Francisco, ha propuesto a los consagrados de todo el mundo. El primero de estos tres encuentros se celebró del 22 al 25 de enero de 2015, siendo un encuentro ecuménico de consagrados pertenecientes a distintas Iglesias cristianas. El tercero tendrá como destinatarios los jóvenes consagrados, convocados en Roma para un Taller internacional que tendrá lugar del 16 al 18 de septiembre.

Hecho público el programa del Año de la Vida Consagrada, el Congreso se mostraba, ciertamente, como una ocasión efectiva para la formación permanente de los formadores, que no dejaron de aprovechar. Y, en efecto, este evento eclesial ha sido realmente una ocasión fructífera de formación, de intercambio y de fraternidad para los oblatos participantes. A los Misioneros Oblatos de María Inmaculada se les dieron 11 puestos entre 1300 participantes. Por motivos logísticos, dado el alto número de solicitudes recibidas, la CIVCSVA, se reservó, en realidad, la decisión de establecer el número de formadores que podrían participar por parte de cada congregación religiosa, siguiendo criterios de origen y número de miembros de cada Instituto. Finalmente, pues, sólo los primeros oblatos en inscribirse pudieron tomar parte, mientras que los demás hubieron de renunciar. Además de los tres formadores del Escolasticado Internacional Romano, PP. Mario Brandi, Joaquín Martínez y Jude Saparamadu, estuvieron presentes: p. Ron Laframboise (Estados Unidos), p. Joseph Phiri (Sudáfrica), p. Gaby Kinze (Congo), p. André Ndene (Senegal), p. Wojciech Popielewski (Polonia), p. Norbert Wilczek (Alemania), p. Giuseppe Rubino (Italia) y p. Józef Wcisło (Polonia).

Desde el principio, y apesar del alto número de participantes, se experimentó un profundo ambiente de fraternidad y alegría, que acompañaron la experiencia del Congreso. Las cifras pueden dar una idea del significado eclesial del evento:  1.300 formadores procedentes de 108 países distintos y a 450 carismas diferentes. Los participantes se dividieron en “mesas” o comunidades mixtas (entre 8 y 10 personas) que tomaron parte en la tarea del Congreso, sentados en torno a una mesa, lugar para el compartir y la mistad. A sostener la fraternidad ayudó mucho la sencillez con que el Cardenal Prefecto de la CIVCSVA, João Braz de Aviza, y el Secretario, Monseñor José Rodríguez Carballo, se relacionaron con los participantes, “perdiendo” el tiempo para escuchar e interesarse en lo que surgía durante la jornada. Además de otras interesantes ponencias encomendadas a expertos provenientes de distintos continentes, el Congreso incluyó el tomar parte en alguno de los muchos talleres sobre temas de actualidad muy interesantes, como “el papel de la comunidad/fraternidad en la formación”, “acompañamiento y discernimiento en las etapas iniciales de la formación”, “la formación en la afectividad en los tiempos de escándalos sexuales”, “la formación en la comunicación en la era diginal”, “los pobres: agentes de la formación”, “el desafío de los consejos evangélicos en el contexto de la antropología moderna”, “la formación para una misión compartida”, etc.

Algunos de los temas que se reptieron, casi al modo de ideas conductoras de todo el Congreso, fueron:

  • La formación permanente como “idea-matriz” o presupuesto pedagógico de toda la formación inicial. “La formación es una acción del Padre con vistas a formar en nosotros los sentimientos y la sensibilidad del Hijo. Una formación que tenga este objetivo sólo puede durar toda la vida: la noción de formación continua. Formación continua, pero no como algo que venga “después”, es decir, tras la formación considerada institucional o inicial, como si el camino formativo a lo largo de la vida fuera algo menos real y eficaz. Al contrario, la formación continua es lo que viene primero, es decir, la premisa y el fundamente de todo el itinerario de formación y del proyecto pedagógico de toda etapa de la formación El objetivo de la formación inicial es, por tanto, formar la disponibilidad de dejarse formar en la vida (“docibilitas”), es decir, “aprender a aprender”, a dejarse entrar en crisis durante toda la vida, en todas las etapas. Tenemos que estar preparados para ello, recordaba el P. Cencini y luego también Mons. Carballo, ayudando a reconocer y a trabajar sobre todo temor, rigidez, sospecha, resistencia, con los que solemos defendernos de la realidad, de los otros, sólo para no percibir la realidad misma de la mediación en la acción formativa del Padre”.
  • La importancia y la necesidad de la formación continua de los formadores.
  • La importancia de la formación humana de acompañamiento, sin temor, en los caminos espirituales, teológicos y carismáticos y de buscar la integración psico-espiritual, empezando por las etapas iniciales.
  • La delicadeza y la importancia del ministerio de la formación que exige, hoy más que nunca, un “empeño a tiempo completo”.
  • Educar en una espiritualidad de comunión para construir sobre la base sólida de la Iglesia del mañana.

La audiencia con el Papa Francisco fue un momento culminante de la experiencia de gozo vivida en esos días. He aquí un extracto de su discurso, que tocó puntos muy queridos para la espiritualidad oblata: “Es hermosa la vida consagrada; es uno de los tesoros más preciosos de la Iglesia, enraizado en la vocación bautismal. Por consiguiente, es hermoso ser sus formadores, porque constituye un privilegio participar en la obra del Padre  que forma el corazón del Hijo en aquellos a los que el Espíritu ha llamado. A veces se puede percibir este servicio como una carga, como si nos apartara de algo más importante. Pero eso es un engaño, es una tentación. Importa la misión, pero es igualmente importante formar para la misión, formar para la pasión del anuncio, formar para la pasión de ir por doquier, a toda periferia, para decir a todos el amor de Jesucristo, particularmente a los alejados; para contarlo a los pequeños y a los pobres, y para dejarse también evangelizar por ellos. Todo ello requiere bases sólidas, una estructura cristiana de la personalidad que hoy las mismas familias raramente saben dar. Y ello aumenta vuestra responsabilidad” Y si a veces podréis tener la sensación de que vuestra labor no sea lo suficientemente apreciada, sabed que Jesús os sigue con amor, y que toda la Iglesia os está agradecida”

El Congreso ha sido, sin duda, una experiencia significativa que, esperamos, ayudará a los consagrados comprometidos con el ministerio de la formación a “vivir el presente con pasión y a abrazar el futuro con esperanza”, sobre todo tras las palabras de consuelo con que el Prefecto y el Secretario de la CIVCSVA despidieron a los participantes: “Queridos formadores: la Iglesia les ama, les aprecia y reza por ustedes. Sin su servicio, la Vida consagrada no puede existir, o tendría un futuro incierto. Sin su paciencia y discernimiento, el Pueblo de Dios se arriesgaría a no poder ver esa luz refulgente capaz de hacer brillar, en un mundo que pasa, el mundo definitivo transfigurado por las Bienaventuranzas”.